Algunas lecciones docentes desde una experiencia (ciber)iniciática

Primera diapositiva de una de las sesiones impartidas en ciberperiodismo.

Septiembre de 2017 se presentó con un reto a mayores de los propios (y exclusivos) de la tesis doctoral, ni más ni menos que con la asignación de docencia en Ciberperiodismo. No era la primera vez que me subía a la tarima como profesora, pues ya había impartido un Taller de Manejo de oportunidad y crisis política en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. El contexto, eso sí, ahora se presentaba completamente diferente: el alumnado multiplicaba por tres al del máster mexicano y la asignatura era la misma que yo había recibido solo cuatro años antes, también en la Universidad de Valladolid. Con la vivencia como estudiante tan cercana, ha resultado inevitable comparar y relacionar este primer acercamiento a la experiencia docente se con la del pupitre.

Aula multimedia mediante, dediqué las 20 horas de clase que me fueron asignadas a exponer trabajos periodísticos que reforzaran los conceptos de las clases teóricas: multimedialidad, hipertextualidad, interactividad, etc. Fue esta última categoría la que más entusiasmo produjo en el aula, especialmente para el caso de El bueno, el malo y el tesorero, un videojuego diseñado por Journalism++ en colaboración con ElConfidencial.LAB, que introduce a quien lo consume en la piel del tesorero de un Ayuntamiento español y, con ello, al concepto de cártel y la política de aceptación de regalos por parte de los y las funcionarios públicos, entre otras cuestiones relacionadas con la corrupción en el Estado.

Esta reacción tan positiva me planteó dos reflexiones. Por un lado, la necesidad de relacionar la teoría y la práctica, pues esta primera establece los fundamentos básicos para analizar el contenido periodístico de forma crítica y porque con la presentación de ejemplos pragmáticos los conceptos abstractos se explicitan y se comprenden mejor. Por otro, que cuanto más parecida se presente la lección en el aula a una dinámica lúdica, mayor resultará el interés y la motivación por participar de ella. Al menos con esta filosofía pretendo trabajar las próximas sesiones que me corresponda preparar.

Además, sea esto una obviedad o no, la coordinación del profesorado dentro de la misma asignatura parece una de las preocupaciones esenciales de alumnos y alumnas. Si tanto como estudiante como, en general, en el día a día resulta moderadamente sencillo percibir el grado de comunicación que existe entre dos personas (en este caso, docentes), este año he comprendido la necesidad práctica de que exista un intercambio fluido de conocimientos entre quienes comparten una asignatura. Porque, ¿cómo no van a utilizar quienes se encuentran aprendiendo el vocabulario técnico que han adquirido en una parte para debatir sobre los contenidos de la otra? ¿Y cómo no van a expresar una duda que esté relacionada con una sección si es coherente con el conocimiento global de la disciplina?

Otra sensación también fácil de advertir es, cómo no, el ruido. Asunto, sin duda, mucho más prosaico, pero que no por ello desmerece formar parte de estas líneas. Porque hasta hace tres años no comprendía la magnitud del cuchicheo cuando quien explica ha de concentrarse en, por ejemplo, describir una pieza periodística con contenido transmedia. El paisaje que ofrece la tarima a la hora de examinar qué está sucediendo en el aula resulta asombrosamente extraordinario. De un solo vistazo comprendes cuál es la relación afectiva del grupo, quién se encuentra atendiendo, quién se ha decidido por trabajar en otra tarea, quién ha preferido postear una foto en Instagram, etc. Y de haber conocido esto antes de ser profesora, sin duda hubiera trabajado con profusión la virtud de la empatía. Y la del disimulo.

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